lunes, 6 de mayo de 2013

Mi nombe es Quatermain, Allan Quatermain

Cuando disfrutamos de las películas de Indiana Jones que alguno ya califica de antiguas - me estoy haciendo mayor - no podemos obviar que el origen de todo pudo estar en las aventuras de Tintín - aunque ni el propio Spielberg las conociera - pero sobre todo en las películas de aventuras que se rodaron durante los años 30, 40 y 50, producciones que abrieron horizontes a otras tierras más allá de la civilzación y que rememoraron las hazañas, maquilladas por supuesto, de los colonizadores de entonces.

Películas como King Kong, Tarzán o Mogambo, cada una en su género y en su época, nos acercaban a tierras inexploradas y salvajes, repletas de peligros venidos de la propia naturaleza o de las tribus todavía sin "domesticar".

Uno de los más próximos antecedentes de Indiana Jones fue otro aventurero, el cazador surgido de las novelas de H. Ridder Haggard, Allan Quatermain. Aunque otros actores interpretaron este personaje de finales del siglo XIX, véase el caso de Richard Chamberlain o de Sir Sean Connery, el nombre de Quatermain siempre irá ligado a una esbelta figura con percha de Lord inglés.

Stewart Granger, se hizo un nombre en el mundo de Hollywood en los años 50 en películas de capa y espada como El prisionero de Zenda o Scaramouche. Sin embargo, fue otro film de aventuras el que le dio previamente el espaldarazo definitivo a su carrera y a su pertenencia de mitos del celuloide: Las minas del Rey Salomón. 

Junto a la eterna candidata a los Óscar, Deborah Kerr, Granger se embarca en una aventura que recuerda en su argumento a las películas protagonizadas por Indiana encontrándose paralelismos con las 3 primeras entregas de la saga  -la búsqueda de un tesoro mitológico, el encuentro con tribus salvajes y el rescate de un ser querido-. Kerr contrata a Granger-Quatermain para encontrar a su marido, perdido en tierras desconocidas de África mientras buscaba las minas de diamantes del rey Salomón. A partir de ese momento, ambos correrán más de una aventura juntos.

Las minas del rey Salomón es un claro ejemplo del cine de aventuras de la época en los que la producción primaba sobre la autoría de la obra pero que no estaba exenta de calidad con diálogos llenos de humor que dotaban a los personajes de gran personalidad. Esta circunstancia, junto al desplazamiento de la producción al lugar de la acción en lugar de utilizar el tan moderno ordenador y su artesanía en la ejecución, a pesar del evidente envejecimiento de alguno de sus trucos, dotan a Las minas del Rey Salomón de un factor diferencial con respecto a las actuales superproducciones convirtiéndose en uno de esos clásicos para toda la familia que se recuerdan desde la infancia.

La figura de Granger destaca por encima del resto. Pertrechado en un atuendo colonial color camel que ahora daría un poco de vergüenza ajena, su fina ironía inglesa y su porte victoriano se ponen al servicio de un personaje hecho a medida. Uno de esos héroes que creías invulnerables sin necesidad de superpoderes o trajes especiales.


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