jueves, 11 de julio de 2013

Robert Ryan. El malo de la película.

Larguilucho, con cierto desgarbo, y sobre todo, con una mirada achinada de la que intuías canallesca en muchas ocasiones. Perversión en otras. Pero también se podía advertir inmensa bondad. 

Hace 40 años que Robert Ryan nos abandonó como quien abandona a la familia. Siempre demasiado temprano. Muchos no le recuerdan aunque su rostro se ha paseado por una extensa filmografía salpicada de obras maestras del western y del bélico. Némesis de los grandes, de Tracy, de Holden, de Wayne, de Stewart, de Marvin. Dando la réplica y muchas veces ensombreciendo a las figuras.  



Así, a bote pronto, le recuerdo como el eterno perseguidor del Grupo Salvaje de Peckinpah. Aquél que traicionó a los forajidos para pasarse al otro lado. Como hizo Pat Garret con Billy The Kid. Y le recuerdo también perseguido por Colorado Jim de Anthony Mann. También tengo grabada su imagen del cabecilla de la Conspiración de Silencio de John Sturges. O como el azote implacable de los 12 del patíbulo de Robert Aldrich, aunque finalmente el azotado fuera él. Por supuesto, es imposible olvidarle como el mercenario amante de caballos de Los profesionales de Richard Brooks. 

Así era Robert Ryan. Un tipo duro, a veces cínico o inmoral. Incluso criminal. Con su propio código de honor. En cualquier caso, su sola presencia daba sentido a la definición del malo de la película. Algo más que un secundario imprescindible en la historia del Cine. 

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